27.9.07
Edipo Dormido (soledad m.)
Afuera, el otoño reparte las hojas del olmo en un remolino dorado por el sol. Como las hojas, el cuerpo joven y amado respira profundo y acompasado, perdido en un sueño ajeno. Ella sonríe y dibuja una tetilla con una uña punzó. La mano se desliza lánguida sobre el pecho , se ahueca en vientre , recorre los muslos y enreda el vello del pubis en la concavidad de sus dedos.”Es raro”, piensa,”el amor es la geometría de un cuerpo contra otro”. Y de pronto piensa en sus labios en la boca entreabierta del joven dormido, y en el estrépito de besos y salivas. Recuerda el fragor de los vientres en las batallas del coito.
Ese recuerdo despierta un aleteo en su interior que la estremece de dudas y temor.
Su amor suspira y sonríe en algún sueño trémulo y se voltea.”Nada es más perfecto que esto”, piensa. Lo besa suavemente y lo siente increíblemente destinado para sí.
Despacio, la mujer se levanta, envuelta en las sábanas con las que se ahorcará días más tarde y observa la mañana desde la ventana. Las hojas del olmo todavía juegan en el viento y ella, no sabe bien por qué, piensa en canciones y besos, en flores y peces que palidecen ocres en el suelo. Y ese pensamiento doloroso y bello la hace llorar.
Plena, desesperada, temerosa de amor, Yocasta se cepilla el pelo al compás del otoño.
soledad m. (amiga y colaboradora)
8.8.07
El negro (soledad m.)
El Negro se estiró en toda su extensión y bostezó ampliamente. Una hoja amarilla se desprendió del limonero y jugueteó un rato en su aliento. Un movimiento rápido y brusco pareció despertarlo de vaya a saber qué sueños, pero no. Sólo un reflejo mecánico para espantar lo que él debió imaginar como una mosca y en realidad es el vestigio de un otoño somnoliento.
Así lo recuerdo. Como si una y otra vez la imagen se repitiera en la exacta sucesión de gestos pequeños. Como si una y otra vez el otoño comenzara en ese sitio, en ese instante.
El olor penetrante de los azahares atemperaba su modorra a un nuevo cambio en el ambiente. El Negro no podría definirlo de manera precisa pero sabía, como lo sabían todos sus congéneres, que el otoño había comenzado por una serie de señales precisas, pero sobre todo por los aromas nuevos que invadían el aire.
El cuerpo largo y macizo del Negro se acomodaba en largas siestas debajo del limonero. Le gustaban esas largas tardes aromadas de limones y hierbas. Era simple y bueno, pero solía ser feroz y temerario. Tenía el cuero oscuro y brilloso, y un porte masculino y audaz. Él y yo nacimos el mismo día y desde que sé recordar estuvo siempre conmigo.
Se trenzaba en peleas feroces y clandestinas por las que se pagaban fortunas y se lloraban algunos muertos en combate como si fueran hijos. Porque en esos galpones llenos de aserrín y con olor a orín y a vino y a sudor, el Negro y sus rivales no eran más que eso: simples huérfanos que peleaban a muerte. Y cuando esa muerte llegaba manchada de sangre y vísceras, algún hombre lloraba, no la pérdida del compañero sino la certeza irrefutable de su propia soledad.
Cuando cumplí catorce años, mi padre me llevó a ver una de esas peleas. Rito de hombres, código tácito para el comienzo de una vida adulta. Mi padre no hablaba mucho y no me había dicho a qué íbamos él, el Negro y yo al galpón de los Iraola. Ahí lo supe, de manera soez: el Negro ,mi fiel compañero grandote , mi cómplice de aventuras infantiles, tierno , bueno y juguetón , peleaba. Peleaba en un improvisado ring-side donde bullían los gritos y el dinero de la misma manera. El Negro tenía su séquito de apostadores, que pagaban fortunas por verlo en acción.
Él, entonces, se transformaba. Su semblante simple y bueno se volvía torvo y amenazante, los músculos brillosos se le tensaban, y se le erizaban los pelos duros. Daba golpes certeros e inesperados que dejaban a sus adversarios tendidos en el ring. A veces mostraba una faz casi perversa cuando les mostraba los dientes babeantes después de haberlos derribado.
En esos antros oscuros y mugrientos el Negro sólo volvía en sí cuando la pelea terminaba y se iba al lado de mi padre que lo palmeaba orgulloso, mientras contaba billetes.
Sé que nunca peleó por plata, quizás porque nunca le había interesado un fajo de papeles dibujados con los que él no sabía mucho qué hacer, o porque sabía que pelear significaba un pedazo de carne para su hambre o el ajeno. Sólo muchos años después comprendí que su expresión de dientes brillosos y babeantes era el rostro mismo de la desesperación.
No sé si fue por esa pelea que no volvimos a inventarnos las siestas junto al río o debajo del limonero, o quizás porque yo empecé el internado y me interesaban más las chicas que ensuciarme con barro o salir a pescar.
Esa tarde cuando volvimos con él y mi padre, una tristeza dulce y punzante se me había metido en el pecho. Hacía frío y estaba anocheciendo y yo sentía unas ganas de llorar irrefrenables. Algo, no sabía muy bien qué, se me había escurrido de las manos. Por momentos odié a mi papá, por haberme arrancado toda la bondad y la ternura del Negro, que dormía extenuado en la parte de atrás de la camioneta.
Esa misma noche, después de cenar, cuando todos escuchaban la radio, me acerqué al limonero del patio y lo llamé silbando bajito para que nadie me escuchara. El Negro se levantó de su sueño lento y algo lastimado y vino hacia mí con su sonrisa simple y bonachona.
Había robado de la cocina los mejores trozos de carne y un paquete de cigarrillos de mi padre. Le llevaba esa ofrenda, para conjurar ese hechizo que lo convertía en un monstruo de colmillos húmedos, y volviera a ser el mismo de antes. Le acaricié llorando su cuerpo grandote y peludo, lleno de cicatrices y heridas nuevas que intenté curarle sin mucho éxito.
Y supe, de algún modo, que ese comienzo de otoño iba a ser el último que veríamos juntos. Mientras lo veía comer vorazmente moviendo su rabo de perro gigante y bueno, yo prendía mi primer cigarrillo para vengarme de mi padre, del mundo y de mi infancia.
soledad m. (amiga y colaboradora)
31.7.07
Silencio a dos voces (soledad m.)
ÉL
Ella tiene la boca y la lengua llena de piercings, una remera que dice “Bad excuses” y unos grandes ojos embadurnados de rimel.
En realidad, no sé precisamente qué quiere o a qué vino, porque llevamos exactamente treinta minutos de sesión y…, desparramada como está en ese sillón, lo único que hace es llorar. Tiene un llanto quedito, chiquito, silencioso.
Trae puestos unos borceguíes negros que quedan bastante desprolijos con esas medias corridas y esa pollera a cuadros, pero que, por otra parte, no puedo dejar de mirarlos. Son toscos, pero deben de cubrir unos pies pequeños y blancos como los de una geisha.
Seguramente he soñado esos pies en otra ocasión en que no eran mucho más grandes que ahora. Intento detener el llanto ofreciéndole un kleenex y diciéndole que estoy aquí para ayudarla, pero parece que es peor, que en vez de detener el llanto lo exacerba. Me acepta un pañuelo de papel, y comprendo dolorosamente cómo me atraen sus pies y todo su pequeño cuerpo, el bad excuses de su remera desfigurado por unos pechos redondos y plenos, y le digo que no tema, que puede confiar en mí, y que esto, como es nuestra costumbre, no sale de acá.
Ella me mira con una mirada extraña, ha dejado de llorar. Saca algo de su mochila negra que la penumbra no me deja ver y luego el fogonazo, la luz, la nada.
ELLA
Hace media hora que no puedo parar de llorar, no sé cómo explicarle esto que me pasa. Me da mucha vergüenza, porque si ya desde antes esto me asqueaba ahora es peor. Hace un mes y medio que lloro y lloro a escondidas, y él, como si nada, mirándome las piernas, qué mirás degenerado seguro te importa un pito lo que me pasa.
No sé cómo decirle, no sé qué va a responderme, en realidad no creo que le importe mucho, Soy una más de los que vienen acá, tanto loco suelto y yo acá, cuando tendríamos que estar en otro lado. Tanto silencio acumulado en estos años. Cómo duele tanto no decir.
Me mira con su aire profesional, escudado en sus lentes y en vez de abrazarme de decirme qué te pasa, me ofrece un kleenex el muy hijo de puta. Un kleenex, lo único que puede darme, podés creer. De repente noto que sigue mirándome las piernas y que me está mirando las tetas de una manera descarada, y se me agolpa toda la bronca. El atraso de un mes y medio, el miedo, la vergüenza de mirar a mamá, las noches sin dormir, la sombra en la puerta del cuarto…
Se acerca y me dice que esto no sale de acá como es nuestra costumbre y sé ahora, que no vale la pena llorar, que no entiende todo este silencio. Por eso saco la 22 de la mochila y hago un orificio rojo y perfecto en el medio de su frente. Un orificio grande y perfecto. Como el que llevo dentro de mí.
27.7.07
Príncipe Batracio (soledad m.)
¿Alguien conoce al Príncipe Batracio? ¿Alguna supo descubrir alguna vez ver aquel caballero de blanco corcel detrás de la viscosa piel de un sapito?¿Tuvo alguna la osadía de besar esa gran ,graan bocota húmeda y putrefacta para salvar a un pobre príncipe heredero?¿Ah, se animarían?
Mírense detrás de sus revistas de moda, las ideas bajo los secadores de la peluquería, sí, perdiendo el tiempo en boberías y en chismes y en sacarse los novios y limarse las uñas y mostrar los colmillos en cuanto aparece una más joven. Quién sabe cuántos príncipes batracios mueren en las noches de verano croando su amor y ustedes ni enteradas. No saben de la poesía batracia, ni de su misterio. Tanta canción de luna y camalote que no llega a sus sordos corazones. Frígidas todas.
Menos yo, que una vez me encontré a mi Príncipe Batracio, no me acuerdo si fue tras el portón del patio de mi casa o en el jardín zoológico cuando fuimos con Andrés y los chicos. No, fue en el zoológico, sí, me acuerdo bien. Ese Andrés, pobre, tan bobo….ni cuenta se dio.
Cuando Príncipe Batracio y yo nos miramos el mundo dejó de existir y fuimos el uno para el otro. Tan quietito, entre camalotes y agua verde. Tan sereno e impoluto en el agua estanca y olorosa…
Los chicos corrían, pegoteaban sus manos con algodón de azúcar en la campera de Andrés, se agarraban de los pelos, mientras mi príncipe y yo nos transportábamos el uno hacia el otro.
¿Cómo nadie lo vio antes, cómo nadie se percató de ese sapito de ojos oscuros parado en la laguna de los flamencos? ¿Nadie vio su corona dorada de papel de chocolate brillarle sobre la testa? Nadie, sólo yo, fui elegida y caí bajo el hechizo de su boca sensual y majestuosa. Porque el amor verdadero es así: se está destinado o no. Y sucede, simplemente.
Me lo llevé con mucho esfuerzo, después de sobornar al guardián de los flamencos para que me dejara entrar en la laguna y liberarlo de esos barrotes rosados y frágiles. Costó mucho convencer a Andrés de que era una mascota para los chicos. Lo deposité suavemente en la cartera, en la funda del celular para que fuera más cómodo y calentito.
Por la noche, le rogué a Andrés que durmiera en el sofá y me llevé a Príncipe Batracio a mi cama. Ninguna de ustedes sabe, ni sabrá nunca, bajo esas pelucas de metal rosado que les queman las neuronas, de la exquisitez de la boca de un príncipe moro, de sus labios carnosos, de su piel morena y sibarita, de su hambre de mí, de los rincones de sus tatuajes que bailan entre sus músculos, de su orgasmo susurrante y masculino, cuando deja atrás su piel viscosa y moteada. De su rara mirada negra como una noche sin estrellas, de los aros que encadenan su nariz a este hechizo.
Andrés no lo supo nunca: es más, cansado del sofá, de mí y de mi amor por Príncipe Batracio, se fue. Nunca me entendió brillante como una luna en el Bósforo por las mañanas, cuando, mientras hacía las tostadas, recitaba poesías eróticas en idiomas extraños que ni yo conocía. Me miraba con el café humeándole en las narices nublando sus ojos desencajados. Durante unos meses, meneaba la cabeza resignado y partía a trabajar. Me creía trastornada o enferma y me aconsejaba tratamiento psiquiátrico.
Después, se enojó, chilló, pataleó, se fue con otra, volvió, imploró su amor, y yo, ni. ¿Cómo puedo cambiar a mi Príncipe Batracio? ¿Cómo olvidar su verde piel húmeda transformarse en terciopelo oscuro e insaciable por la noche?
Ahora estamos mejor, tenemos un cuarto y la dicha entera para nosotros. Nos gustan los atardeceres de verano, cuando el ocaso se enrojece de vergüenza ante nuestros besos y el croar de mi hombre-sapo se transforma en sibilantes obscenidades foráneas que me dice al oído.
Nadie nos entiende, ni los enfermos ni los doctores. Y es lógico: porque no tienen el coraje ni la fantasía de nuestro amor. Y los médicos trabajan para que sus mujeres quemen la poca inteligencia que les queda en la peluquería y se ensordezcan con los chismes y las revistas de moda. Y así, el corazón se les endurece y miles, millones de príncipes sapos mueren en los charcos cantándole a la luna en vano. Porque no los escuchan y no pueden salvarlos.
Por suerte, yo iba poco a la peluquería, no lo soportaba. Y aún así llena de canas como estoy, Príncipe Batracio me mira como si yo fuera su Rapunzel. No le importa nada de mí, más que yo, desnuda e íntegra, impoluta y transparente como una hoja en el viento, como un barquito de diario en el Bósforo, que es así como él llegó hasta acá. Para buscarme.
Mientras tanto, en voz baja y susurrante, soy el centro de los chismes: dicen que estoy obsesionada psicóticamente con un animal, un raro caso de zoofilia, dicen. No saben nada y cambian la medicación constantemente.
Dicen que a la noche se escuchan mis gemidos. Y claro, no son sólo míos.
Pero no entienden. Rara la persona acá adentro que se anime al amor. Rara. Yo nada puedo hacer para convencerlos de algo que no sienten y no escuchan: el latido de su propio corazón. Tan parecido al croar de un simple sapito por las noches de luna llena.
soledad m. (amiga y colaboradora)